Durante décadas, la sexualidad masculina ha estado rodeada de cifras, reglas no escritas y creencias heredadas que rara vez se han cuestionado con rigor. ¿Cuántas veces es “saludable” eyacular? ¿La abstinencia es perjudicial? ¿Más semen implica más placer?
Hoy, la evidencia científica invita a abandonar los extremos y a comprender la salud sexual masculina desde una perspectiva más amplia, informada y libre de presiones.
Uno de los datos más citados en los últimos años procede de un amplio estudio observacional publicado en European Urology, realizado por investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard. Durante casi dos décadas se siguió a más de 31.000 hombres, observando que aquellos con una frecuencia eyaculatoria elevada —alrededor de 21 veces al mes— presentaban un menor riesgo de ser diagnosticados con cáncer de próstata en comparación con quienes eyaculaban con menos frecuencia.
El doctor François Peinado, urólogo y andrólogo especializado en salud sexual masculina, explica que este efecto protector podría relacionarse con la llamada hipótesis del estancamiento prostático: la eyaculación frecuente ayudaría a evitar la acumulación de secreciones potencialmente nocivas en la glándula prostática.
No obstante, los especialistas subrayan un matiz clave: se trata de una asociación estadística, no de una receta preventiva universal. La frecuencia eyaculatoria no sustituye a otros factores esenciales como la genética, la alimentación, el ejercicio físico o los controles médicos periódicos, y su impacto parece más relevante en enfermedades prostáticas de bajo riesgo.

Sexo, hormonas y descanso: un regulador natural del estrés
Más allá de la próstata, la actividad sexual —en pareja o en solitario— tiene efectos claros sobre el sistema nervioso y el equilibrio emocional. Durante el orgasmo se libera un complejo entramado hormonal que favorece la relajación y el bienestar.
Según explica el doctor Peinado, tras la eyaculación aumentan los niveles de oxitocina y prolactina, hormonas vinculadas a la sensación de calma, al apego y al sueño profundo, mientras desciende el cortisol, conocido como la hormona del estrés. Diversos estudios muestran que tanto el sexo como la masturbación pueden mejorar la latencia del sueño y la percepción de su calidad.
A ello se suma la liberación de endorfinas, dopamina y serotonina, neurotransmisores asociados al placer, la analgesia natural y la regulación del estado de ánimo, lo que convierte la sexualidad en una herramienta fisiológica de apoyo frente a la ansiedad y la tensión acumulada.
La relación entre erotismo y sistema inmunológico es otro de los aspectos menos divulgados. Investigaciones citadas en el ámbito de la urología y la psicología clínica sugieren que mantener una vida sexual activa —por ejemplo, una o dos veces por semana— puede asociarse a niveles más elevados de Inmunoglobulina A (IgA), un anticuerpo fundamental en la primera línea de defensa frente a virus y bacterias.
Aunque no se trata de un “escudo inmunológico” por sí solo, este dato refuerza la idea de que la salud sexual forma parte del equilibrio global del organismo.
Abstinencia, semen y placer: desmontando creencias persistentes
Frente al énfasis en la frecuencia, los expertos insisten en desterrar el miedo a la abstinencia. No eyacular durante periodos prolongados no es patológico ni implica una “intoxicación” del cuerpo. Tal como aclaran urólogos especializados, los espermatozoides no utilizados se reabsorben de forma natural mediante mecanismos fisiológicos eficientes, sin generar daño estructural.
Del mismo modo, la sexología clínica ha desmontado otra creencia habitual: la idea de que un mayor volumen de semen —tras periodos de abstinencia— se traduce automáticamente en mayor placer. La evidencia actual muestra que el placer sexual no depende de una variable cuantitativa aislada, sino que es una experiencia compleja influida por factores neurológicos, emocionales, relacionales y contextuales.
La ciencia respalda que la eyaculación regular puede aportar beneficios a la salud física y mental, actuando como factor protector prostático y modulador emocional. Sin embargo, los especialistas coinciden en un mensaje fundamental: la salud sexual no debe vivirse bajo métricas rígidas ni comparaciones constantes.
Cada cuerpo tiene sus propios ritmos y mecanismos de autorregulación. Integrar la sexualidad como parte del bienestar —al mismo nivel que el descanso, la nutrición o el movimiento— implica escuchar al cuerpo, reducir la presión del rendimiento y comprender que el verdadero indicador de salud es el equilibrio, no el número.