El ayuno intermitente optimiza la pérdida de peso más que las dietas bajas en calorías

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En un panorama saturado de discursos nutricionales, métodos que prometen milagros y narrativas polarizadas que cambian cada seis meses, la evidencia científica vuelve a poner orden. Y esta vez lo hace con un estudio clínico rigurosamente diseñado que responde a una de las preguntas más relevantes en la actualidad: ¿qué estrategia dietética funciona mejor para perder peso? ¿Y cuál puede sostenerse realmente a largo plazo?

La investigación, liderada por el Dr. Francisco J. Tinahones desde el grupo de Obesidad, Diabetes y sus Comorbilidades, comparó de forma directa —y con un nivel de control poco habitual en ensayos nutricionales— cinco enfoques diferentes: la dieta hipocalórica clásica, la cetogénica, el ayuno en días alternos modificado, y dos modalidades de restricción horaria (evitando desayuno o evitando cena). Durante tres meses, 160 adultos con obesidad siguieron estas estrategias bajo supervisión médica. El resultado: un retrato preciso de lo que funciona, en qué medida y para quién.

Las conclusiones son claras. Las estrategias alternativas —cetogénica, ayuno alternante modificado y restricción horaria— fueron significativamente más eficaces a corto plazo que la clásica dieta hipocalórica repartida en 3-4 comidas. La mayor pérdida de peso la obtuvo el grupo cetogénico, con casi 12 kilos en tres meses, seguido del ayuno alternante y de la alimentación con horario restringido. Todas, eso sí, compartían una base nutricional mediterránea y un control calórico estricto.

Pero el dato más interesante no es solo cuánto peso se pierde, sino cómo se pierde. El ayuno alternante modificado —alternar un día de ingesta normal con otro de fuerte reducción calórica— fue el método que más redujo la grasa corporal, un parámetro directamente relacionado con riesgo metabólico, inflamación sistémica y envejecimiento acelerado. La restricción horaria tardía (evitar la cena) también mostró una mejora clara en composición corporal, alineándose con lo que ya sabemos sobre ritmos circadianos y metabolismo nocturno.

Y, sin embargo, el verdadero valor de estos datos emerge cuando analizamos su sostenibilidad. Porque cualquier estrategia funciona durante semanas; lo difícil es mantenerla meses o años sin caer en el efecto rebote.

La cetogénica, pese a su eficacia inicial, es una de las dietas con menor adherencia a largo plazo. Su restricción severa de carbohidratos resulta complicada para muchas personas y, en la práctica, solo puede mantenerse como intervención temporal o evolucionar hacia una versión más flexible y mediterránea baja en carbohidratos.

El ayuno en días alternos modificado, brillante para acelerar resultados, exige una estructura personal y profesional muy estable. La mayoría de las personas que lo adoptan durante un periodo de pérdida de peso terminan transicionando hacia ventanas 16:8 o 14:10 más sostenibles.

La restricción horaria, especialmente cuando se evita la cena tardía, es la que presenta mejor adherencia en estudios a largo plazo. Está alineada con los ritmos circadianos, no exige eliminar grupos de alimentos y se integra con naturalidad en estilos de vida modernos.

La hipocalórica tradicional, aunque menos impactante a corto plazo, sigue siendo sorprendentemente robusta cuando se aplica con educación nutricional, variedad alimentaria y acompañamiento profesional. No es la más rápida, pero sí una de las más estables.

¿Qué nos dice esto desde una perspectiva de bienestar, salud integral y longevidad? Que eficacia a corto plazo y sostenibilidad a largo plazo no son la misma cosa. Y que probablemente el mejor enfoque no es elegir entre una dieta u otra, sino integrar estrategias.

Las intervenciones rápidas —cetosis, ayuno alternante, restricción calórica intensiva— pueden servir como aceleradores metabólicos. Herramientas de choque para personas con obesidad que necesitan cambios precisos y medibles. Pero el mantenimiento real ocurre cuando, después de este impulso inicial, se transita hacia un patrón mediterráneo antiinflamatorio, flexible, rico en micronutrientes, ajustado a los ritmos del día y compatible con la vida real.

En palabras del propio Dr. Tinahones, estos datos invitan a “ampliar el abanico de enfoques nutricionales, adaptándolos a las características y necesidades de cada paciente”. Y esa es exactamente la dirección hacia la que se dirige la nutrición moderna: menos dogma, más personalización. Menos prohibición, más estrategia. Menos obsesión por la pérdida rápida y más enfoque en un metabolismo resiliente, funcional y sostenible.

En un mundo donde la obesidad amenaza con afectar al 50 % de la población mundial en solo una década, este tipo de estudios no solo informan: transforman. Y nos recuerdan que la verdadera salud no nace de una dieta concreta, sino de comprender el cuerpo, respetar sus ritmos y construir un estilo de vida que podamos sostener en el tiempo sin renunciar a la vitalidad, el bienestar o el placer de vivir.

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