El negocio de la salud cambia de estrategia: prevenir empieza a resultar más rentable que tratar

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El envejecimiento de la población, el aumento de las enfermedades crónicas y la escasez de profesionales sanitarios forman parte del mismo problema. Durante años se han abordado como desafíos independientes, pero un nuevo análisis del McKinsey Health Institute los reúne bajo una misma conclusión: el modelo asistencial actual difícilmente podrá absorber la demanda de las próximas décadas sin una transformación profunda de la atención primaria y, sobre todo, del estado de salud de la población.

El informe, centrado en Estados Unidos aunque con implicaciones extrapolables a otros sistemas sanitarios desarrollados, estima que el país registra un déficit equivalente a 170 millones de consultas de atención primaria al año, una brecha que deja sin cobertura adecuada a unos 45 millones de personas. Las proyecciones apuntan a que el desequilibrio persistirá hasta 2050, incluso con el crecimiento previsto del número de profesionales.

El dato refleja un problema de capacidad, aunque el origen es mucho más complejo. La presión asistencial aumenta porque cada vez viven más personas con patologías que requieren seguimiento continuado. Diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo o trastornos de salud mental concentran buena parte de las consultas y del gasto sanitario. En paralelo, el número de médicos de atención primaria crece a un ritmo insuficiente y el desgaste profesional continúa dificultando el relevo generacional.

McKinsey plantea entonces una pregunta que trasciende el ámbito sanitario: ¿resulta más eficiente seguir aumentando la oferta asistencial o reducir la demanda mejorando la salud de la población?

La respuesta del informe sitúa la prevención en el centro de la ecuación económica.

Los investigadores simulan distintos escenarios para las próximas décadas. El primero contempla ampliar la plantilla de profesionales e incorporar inteligencia artificial para reducir la carga administrativa y aumentar la productividad clínica. El segundo incorpora innovaciones terapéuticas con capacidad para modificar la evolución de enfermedades de elevada prevalencia, como los agonistas del receptor GLP-1 en obesidad o los nuevos tratamientos para patologías neurodegenerativas y determinados trastornos de salud mental.

Sin embargo, el escenario con mayor impacto estructural parte de una hipótesis mucho más sencilla: una población que necesite menos consultas porque presenta un mejor estado de salud.

Según las estimaciones de McKinsey, una reducción del 15 % en la demanda anual de atención primaria liberaría capacidad suficiente para cubrir las necesidades asistenciales de alrededor de 30 millones de personas, prácticamente eliminando el déficit previsto para mediados de siglo. El modelo toma como referencia indicadores de países nórdicos, donde la menor carga de enfermedad reduce la presión sobre el sistema sanitario.

La conclusión modifica la forma de interpretar el papel del bienestar. La nutrición, el ejercicio físico, el control metabólico, el sueño o la salud mental dejan de analizarse únicamente desde la óptica individual para incorporarse como variables capaces de alterar la sostenibilidad económica de todo un sistema sanitario.

El informe también identifica cuáles serán los grandes focos de demanda. Cerca del 70 % de las consultas de atención primaria corresponden a tres grandes grupos de pacientes: personas con enfermedades metabólicas, trastornos de salud mental y enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y otras demencias. Todos ellos requieren un seguimiento continuado, generan un elevado consumo de recursos sanitarios y concentran buena parte de las líneas de innovación biomédica actuales.

Especialmente significativo resulta el peso creciente de las alteraciones metabólicas. La expansión de la obesidad y de la diabetes tipo 2 ha situado la salud metabólica entre las prioridades estratégicas de gobiernos, aseguradoras y compañías farmacéuticas. McKinsey estima que una implantación amplia de los tratamientos basados en GLP-1 podría reducir miles de millones de dólares en hospitalizaciones y urgencias, aunque también incrementaría las consultas de atención primaria necesarias para supervisar el tratamiento. La innovación farmacológica mejora resultados clínicos, pero también obliga a rediseñar la organización asistencial.

La inteligencia artificial aparece en el informe con un enfoque igualmente pragmático. El objetivo no consiste en sustituir al médico, sino en recuperar tiempo clínico. Automatizar documentación, autorizaciones, seguimiento administrativo o comunicación con pacientes permitiría dedicar más recursos a la atención directa y aliviar parte de la presión sobre consultas cada vez más saturadas.

Todo ello dibuja un escenario que afecta de lleno a la industria del wellness. El sector ha construido buena parte de su crecimiento alrededor del bienestar, el rendimiento o la longevidad, mientras la evidencia científica comienza a respaldar otra dimensión menos visible: su capacidad potencial para reducir carga asistencial y costes sanitarios si consigue modificar factores de riesgo antes de que evolucionen hacia enfermedad.

La cuestión, por tanto, deja de ser si la prevención resulta beneficiosa para la salud. Esa premisa cuenta con suficiente respaldo científico desde hace décadas. El debate se desplaza hacia otra dimensión: qué intervenciones generan un beneficio clínico real, cuáles cuentan con evidencia suficiente para incorporarse a los sistemas sanitarios y cuáles pertenecen únicamente al ámbito del marketing del bienestar.

Ese matiz probablemente marcará la evolución del sector durante los próximos años. La creciente presión sobre los sistemas públicos y privados abre un espacio inédito para soluciones preventivas, siempre que demuestren eficacia, coste-efectividad y capacidad para integrarse en la práctica clínica.

Más que un informe sobre atención primaria, McKinsey presenta una hoja de ruta para la economía de la salud. La disponibilidad de médicos seguirá siendo un factor determinante, aunque la variable que realmente condicionará la sostenibilidad del sistema será otra: el número de personas que consigan llegar a esas consultas con una mejor salud de partida.

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