Xavi Cañellas defiende una mirada clínica que pone la historia vital de cada persona en el centro y cuestiona una medicina demasiado acostumbrada a interpretar el cuerpo a través de diagnósticos, biomarcadores y tratamientos aislados.
La pregunta que orienta la práctica de Xavi Cañellas no es únicamente qué diagnóstico aparece en una analítica ni qué nombre recibe un conjunto de síntomas, sino qué le ha ocurrido a una persona para que su organismo haya llegado hasta ese punto.
especialista en Psiconeuroinmunología clínica y biología molecular, Cañellas sostiene que el organismo no puede entenderse por piezas independientes y que la historia de cada paciente forma parte de su biología.
“Mi filosofía es atender a las personas, no a los diagnósticos, no a los números ni a los biomarcadores”, explica durante su conversación con Wellness Forum. En su práctica, esa posición se traduce en reconstruir la biografía del paciente para tratar de identificar los mecanismos que pueden estar detrás de su estado de salud.
Las pruebas diagnósticas y los marcadores biológicos siguen teniendo un papel relevante, pero necesitan una hipótesis clínica que les dé sentido. El dato pierde capacidad explicativa cuando sustituye a la historia y una analítica puntual acaba interpretándose como si pudiera describir por sí sola a la persona.
El mismo diagnóstico no significa necesariamente el mismo problema
Cañellas recurre al SIBO para explicar la diferencia entre identificar una alteración y comprender por qué se ha producido. Dos personas pueden recibir el mismo diagnóstico y haber llegado hasta él por caminos completamente distintos.
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado puede relacionarse con alteraciones de la función digestiva, cambios en la microbiota, problemas vinculados a la producción de ácido gástrico o bilis, sobrecrecimientos de otros microorganismos o circunstancias que afectan al funcionamiento del aparato digestivo. Desde su perspectiva, limitarse a eliminar el sobrecrecimiento sin investigar qué lo ha favorecido deja sin responder la cuestión central: por qué apareció en ese paciente concreto. La distinción obliga a separar dos conceptos que a menudo se utilizan como si fueran equivalentes: enfermedad y disfunción.
Para Cañellas, una enfermedad responde a una entidad clínica con mecanismos biológicos identificables, mientras que una disfunción describe una alteración del funcionamiento que puede tener múltiples causas. El SIBO, en este marco, sería una disfunción y no una enfermedad en sí misma.
La diferencia modifica la forma de abordar el problema. Si el tratamiento se concentra exclusivamente en el fenómeno observable —en este caso, el exceso de bacterias— puede producirse una mejoría sin que desaparezcan las condiciones que favorecieron su aparición. La recaída sería entonces una consecuencia posible de haber tratado el resultado sin intervenir sobre el origen.
Cañellas extiende este razonamiento a muchas de las herramientas que circulan actualmente en el ámbito de la salud y el wellness. Una intervención puede contar con evidencia científica y resultar útil en determinadas circunstancias, pero eso no la convierte en una respuesta adecuada para cualquier persona.
“Necesitamos la herramienta adecuada para el problema adecuado”, resume. La afirmación adquiere especial relevancia en un momento en que la divulgación sanitaria también funciona como un mercado de soluciones. Luz roja, ayuno, suplementos, dietas, probióticos, entrenamiento, frío, calor o distintas estrategias de optimización metabólica pueden tener su lugar. La dificultad aparece cuando una herramienta se presenta como respuesta universal.

Del biomarcador a la biografía
La medicina contemporánea dispone de una capacidad extraordinaria para medir. Analíticas, pruebas de imagen, secuenciación, biomarcadores y dispositivos capaces de registrar de forma continua distintas variables fisiológicas han ampliado de manera notable la observación del organismo.
Esa capacidad no garantiza por sí sola una comprensión más profunda, para Cañellas, una analítica es una fotografía: informa sobre determinados parámetros en un momento concreto, pero necesita una historia clínica que permita interpretar esos datos. “Una prueba complementaria sin una historia real del paciente no tiene ningún sentido”, sostiene.
La escucha ocupa así un lugar central en su propuesta clínica: el paciente llega a consulta con una cantidad considerable de información, aunque a menudo aparezca desordenada: síntomas, acontecimientos familiares, cambios laborales, pérdidas, estrés, hábitos alimentarios, sueño, relaciones personales, antecedentes médicos y experiencias que pueden remontarse años atrás. La función del profesional consiste en ordenar ese material y convertirlo en hipótesis que después puedan contrastarse mediante las herramientas diagnósticas pertinentes.
La historia no sustituye a la ciencia, le proporciona contexto y esa contextualización resulta especialmente relevante en procesos complejos, en los que interactúan distintos sistemas del organismo y no siempre existe una relación lineal entre una causa y un efecto.
El intestino no termina donde acaba la digestión
Una parte sustancial del trabajo de Cañellas se ha desarrollado alrededor de la microbiota y de la relación entre el aparato digestivo y otros sistemas. En la entrevista insiste en el componente neurológico del intestino y recuerda que el sistema nervioso entérico contiene una cantidad extraordinaria de neuronas, además de mantener una relación estrecha con el sistema nervioso central.
La microbiota tampoco debería entenderse como un compartimento aislado. La literatura científica contemporánea ha consolidado el interés por las interacciones entre microbiota, sistema nervioso, inmunidad y metabolismo, aunque la magnitud y la relevancia clínica de muchas de esas relaciones continúan siendo objeto de investigación.
La consecuencia práctica que extrae Cañellas es que intervenir sobre el intestino sin considerar el contexto fisiológico y vital en el que funciona puede ofrecer una explicación incompleta. Su trayectoria divulgativa ha insistido durante años en la conexión entre microbiota, estrés, sistema nervioso y comportamiento.
El estrés como parte de la historia clínica
Otra dimensión recurrente en su discurso tiene que ver con la forma en que determinados acontecimientos vitales pueden modificar la fisiología.
Una persona que atraviesa un duelo, sostiene durante años una situación familiar exigente o vive bajo una presión laboral constante no está simplemente atravesando un mal momento. Puede cambiar su alimentación, dormir peor, modificar su actividad física, alterar su relación con la comida y mantener durante largos periodos una activación elevada del sistema de estrés.
Eso no significa que una experiencia emocional concreta sea por sí misma la causa de una enfermedad. La relación entre estrés, conducta, sistema nervioso, inmunidad y enfermedad es más compleja y no admite explicaciones automáticas.
Por esa razón Cañellas habla de hipótesis: en lugar de asumir que un acontecimiento explica directamente una patología, propone construir una hipótesis clínica y tratar después de desmontarla. Si los datos disponibles no la contradicen, puede convertirse en una explicación plausible que ayude a orientar la intervención.
Ese modo de razonar devuelve protagonismo al proceso clínico y evita la tentación de encontrar una causa única para problemas que, en muchos casos, son multifactoriales.
La paradoja de una sociedad cada vez más informada
El mundo del wellness vive una contradicción evidente. La información sobre salud se ha multiplicado, pero también lo han hecho los mensajes contradictorios.
Cada semana aparece una nueva recomendación sobre alimentación, suplementos, ayuno, ejercicio, sueño o longevidad. La acumulación puede generar la sensación de que siempre queda algo más por hacer y de que cualquier decisión cotidiana debería responder a una estrategia de optimización.
Cañellas considera que la divulgación sanitaria ha contribuido a elevar la conciencia, aunque también puede producir una especie de “enfermedad por exceso de salud”: una búsqueda permanente de mejora que acaba convirtiendo el cuidado en otra fuente de presión.
Si el wellness se reduce a acumular protocolos, reproduce el mismo problema que pretende corregir. La persona deja de ser el centro y pasa a convertirse en un conjunto de parámetros que deben mantenerse bajo control.
Su propuesta se sitúa en otro lugar: comprender por qué una persona come como come, cómo duerme, qué lugar ocupa el estrés en su vida, qué acontecimientos han marcado su trayectoria, qué puede cambiar realmente y qué intervención tiene sentido para ella.
El paciente también forma parte del tratamiento
Este enfoque modifica también la relación entre profesional y paciente. Si el objetivo es que una persona comprenda qué está ocurriendo, deja de ser un receptor pasivo de instrucciones.
Cañellas cuestiona la idea de que el profesional sanitario sea quien “cura” al paciente. El médico, el terapeuta o el profesional de la salud puede intervenir sobre determinados mecanismos, proporcionar herramientas y acompañar procesos, pero el organismo y la propia persona participan activamente en la recuperación.
La afirmación no implica negar el papel de la medicina, sino reconocer la responsabilidad del paciente dentro del proceso. En enfermedades crónicas, autoinmunes o con daño orgánico establecido, alcanzar una remisión o permanecer asintomático no equivale necesariamente a eliminar la enfermedad ni su predisposición.
El propio Cañellas reconoce esa frontera al plantear qué significa realmente “curarse” en una enfermedad autoinmune. Una predisposición genética no desaparece porque desaparezcan los síntomas y un daño orgánico irreversible tampoco puede repararse simplemente mediante un cambio de hábitos.
Distinguir entre remisión, control de una enfermedad, ausencia de síntomas y curación resulta esencial para evitar que la medicina integrativa termine haciendo promesas tan simplistas como aquellas que critica.
El gran déficit de la medicina puede ser el tiempo
Uno de los puntos más relevantes de la conversación tiene que ver con una cuestión menos sofisticada que la microbiota o la medicina personalizada: el tiempo disponible para escuchar.
Cañellas señala que un sistema sanitario en el que una consulta puede reducirse a unos pocos minutos dificulta una aproximación basada en la historia del paciente. El problema, insiste, no reside necesariamente en el profesional que está delante del paciente, sino en un sistema organizado alrededor de una determinada gestión del tiempo y de los recursos.
El paciente también ha aprendido a acudir a consulta en busca de una respuesta inmediata: un diagnóstico, una receta o una prueba. La falta de tiempo para comprender el problema aumenta la presión por encontrar una solución rápida, aunque esa solución no siempre responda a la complejidad del caso.
La tecnología permitirá medir cada vez más variables, detectar patrones antes invisibles y personalizar determinadas intervenciones. Ninguna de esas capacidades elimina la necesidad de interpretar la información ni sustituye la relación clínica.
Más prevención, menos recetas universales
Cañellas lleva esta reflexión al terreno de la prevención. A su juicio, una transformación sanitaria profunda exigiría desplazar parte del foco desde el tratamiento de la enfermedad hacia la construcción de salud antes de que aparezca.
Eso implica educación alimentaria, hábitos saludables, actividad física, sueño, gestión del estrés y alfabetización sanitaria, pero también una transformación cultural. La prevención no puede consistir únicamente en pedir al individuo que se cuide más mientras el entorno continúa promoviendo comportamientos que dificultan ese cuidado.
En la conversación pone como ejemplo el alcohol y la alimentación, y cuestiona la influencia de los intereses económicos sobre determinados mensajes de salud pública. Más allá de la valoración concreta de cada industria o campaña, la cuestión que plantea resulta pertinente: qué capacidad tiene realmente una persona para tomar decisiones saludables cuando recibe información contradictoria y vive en un entorno que a menudo juega en sentido contrario. La respuesta no puede reducirse a otro listado de consejos. Una recomendación aislada tampoco puede explicar la salud de una persona.
La medicina personalizada empieza mucho antes del tratamiento
La propuesta de Cañellas no consiste tanto en añadir nuevas herramientas al arsenal sanitario como en modificar el orden en que se utilizan. Primero está la persona, después su historia y, a partir de ahí, las hipótesis que deben contrastarse con las pruebas y las herramientas disponibles.
La secuencia parece sencilla, pero choca con una cultura sanitaria fascinada por los datos, la tecnología y las soluciones rápidas. También obliga a aceptar que dos personas con el mismo diagnóstico pueden necesitar estrategias diferentes, que una intervención eficaz para un paciente puede resultar irrelevante para otro y que modificar un biomarcador no siempre equivale a resolver aquello que provocó su alteración.
La salud personalizada no debería confundirse con una analítica cada vez más sofisticada ni con un protocolo diseñado a partir de un número creciente de variables. Personalizar significa comprender a quién se está tratando. Esa comprensión requiere contexto, algo que ninguna máquina puede proporcionar por sí sola.
En un momento en que el wellness corre el riesgo de convertirse en una sucesión infinita de protocolos, suplementos y estrategias de optimización, la reflexión de Cañellas devuelve la conversación a la relación entre la persona y su propia salud.
No se trata de elegir entre medicina y estilo de vida, entre tecnología y escucha, entre fármacos y hábitos. Se trata de entender qué papel corresponde a cada herramienta y qué problema se intenta resolver antes de decidir cómo abordarlo.
Una medicina más personalizada no dependerá únicamente de medir más, sino de interpretar mejor la información disponible y de recuperar una práctica clínica en la que escuchar vuelva a formar parte del diagnóstico.