Hablar de longevidad hoy implica moverse en un terreno ambiguo, donde conviven ciencia, aspiración, marketing y deseo. The Longevity Suite opera precisamente en ese espacio híbrido, intentando resolver una de las grandes paradojas de la medicina contemporánea: cómo conseguir que las personas sanas se impliquen activamente en el cuidado de su salud futura.
Cuando se plantea si su modelo aspira a democratizar la longevidad al estilo de lo que Zara hizo con la moda, el Dr. Massimo Gualerzi, fundador y director médico del grupo, responde sin simplificaciones. La longevidad, al menos por ahora, sigue siendo un bien con rasgos de lujo. No tanto por la complejidad de las terapias, sino por la experiencia que las rodea.

La medicina tradicional está diseñada para intervenir cuando algo falla. Nadie acude voluntariamente al médico cuando se siente bien. La longevidad, en cambio, necesita atraer a personas funcionales, activas, sin una patología concreta, que decidan invertir hoy para evitar problemas mañana. Y para eso, explica Gualerzi, la ciencia no basta: hace falta una experiencia que resulte atractiva, deseable y placentera.
De ahí que el concepto de longevidad se haya vinculado inicialmente al universo del lujo. Espacios cuidados, atención personalizada, sensación de bienestar. No como destino final, sino como fase de transición. Gualerzi lo compara con la evolución de los spas: durante años fueron patrimonio exclusivo de hoteles cinco estrellas; hoy forman parte incluso de establecimientos modestos. La longevidad, sostiene, seguirá un recorrido similar. Empieza en el lujo, pero no está llamada a quedarse allí.
En ese contexto de mercado creciente —y cada vez más saturado— The Longevity Suite busca diferenciarse ocupando un territorio intermedio poco explorado. Por un lado, proliferan espacios de biohacking, coaching o wellness sin estructura médica real; por otro, clínicas extremadamente medicalizadas que resultan poco atractivas para quien no se siente enfermo. El modelo de Gualerzi intenta integrar ambos mundos: protocolos guiados por la ciencia médica, dentro de un entorno experiencial que no genera el rechazo emocional asociado a la clínica tradicional.
Todos los centros operan bajo supervisión médica real y continua. El médico prescribe, valida protocolos, monitoriza la evolución y coordina al resto del equipo: nutricionistas, especialistas en movimiento, terapeutas. Sin embargo, el propio lenguaje marca una diferencia: aquí no se habla de pacientes, sino de clientes. No porque se banalice la salud, sino porque el perfil es distinto. Se trata de personas que buscan optimizar energía, estética, rendimiento, prevención y calidad de vida, no tratar una enfermedad concreta.
El acceso al modelo no se limita a una membership cerrada. Existe, sí, una membresía anual que incluye concierge médico permanente, diagnóstica avanzada, análisis de biomarcadores varias veces al año y terapias distribuidas a lo largo de doce meses. Pero también es posible acceder mediante protocolos más cortos, de dos o tres meses, diseñados tras una evaluación médica inicial. Esto permite que el sistema sea más flexible y menos excluyente, combinando tratamientos en centro con pautas que el cliente ejecuta en su vida diaria.
La ética comercial es un punto que Gualerzi aborda sin rodeos. En un sector donde la frontera entre cuidado real y sobreventa es difusa, su postura es clara: no se vende lo que el cliente desea, sino lo que el médico considera adecuado según sus necesidades. Todos los productos, suplementos, terapias y programas están orientados a mejorar la salud. La función del equipo no es empujar al consumo, sino guiar. El placer —un masaje, una experiencia sensorial— tiene cabida, pero nunca sustituye al criterio clínico.
La frecuencia de uso refleja esa lógica de continuidad. Muchos clientes acuden una o dos veces por semana, incluso sin membership, para tratamientos como crioterapia, IV therapy, ozonoterapia, campos magnéticos o fotobiomodulación. No se trata de intervenciones puntuales ni de promesas de transformación rápida, sino de procesos sostenidos en el tiempo. Los protocolos se estructuran en grandes objetivos —mejorar el sueño, reducir grasa, aumentar energía, reforzar el sistema inmune, gestionar estrés, optimizar estética— y se personalizan dentro de marcos médicos definidos.

Aunque los protocolos y formulaciones son propios, Gualerzi insiste en que la diferencia no está en las moléculas. Glutatión, vitamina C u ozono no son invenciones exclusivas. Lo relevante es saber a quién administrar cada intervención, en qué momento y con qué objetivo. La personalización clínica, más que la novedad del compuesto, es el verdadero valor.
En términos económicos, el rango es amplio. Hay clientes que invierten unos pocos cientos de euros al año y otros que superan ampliamente los diez mil, en función del grado de implicación, la frecuencia de visitas y el tipo de programas. La combinación de tratamientos presenciales y ejecución en casa permite adaptar el modelo a distintos perfiles sin perder coherencia médica.
El crecimiento de The Longevity Suite se apoya también en un sistema de expansión estructurado. Los centros varían desde mini clínicas de 250 metros cuadrados hasta complejos integrales de varios miles, con clínica, spa, gimnasio y restauración funcional. La inversión inicial para un formato pequeño ronda los 250.000–300.000 euros. El modelo incluye formación, tecnología, protocolos, productos y soporte continuo, siempre bajo estándares médicos comunes.
La propuesta de The Longevity Suite no promete inmortalidad ni soluciones milagro. Lo que plantea es algo más complejo —y quizás más incómodo—: convertir la prevención en un hábito deseable, la medicina en una experiencia y la longevidad en una práctica cotidiana, no en una reacción tardía.
Si la longevidad terminará siendo un derecho accesible o seguirá ligada al privilegio económico dependerá, en gran medida, de cómo evolucionen modelos como este. Por ahora, The Longevity Suite representa una fotografía nítida de la transición: un punto intermedio entre la clínica del pasado y la salud del futuro.
