Hay una constante histórica difícil de ignorar: Estados Unidos siempre va un paso por delante. En tecnología, en marketing, en tendencias… y ahora también en algo que, hasta hace poco, creíamos bastante resuelto: respirar, comer y dormir.
Lo que durante siglos hicimos de manera automática —alimentarnos, descansar, cerrar los ojos por la noche y dormir— hoy parece insuficiente, incorrecto o directamente peligroso si no lo hacemos bajo supervisión experta. Ya no basta con tener hambre para comer ni con estar cansados o tener un buen colchón para dormir. Ahora necesitamos aprenderlo todo de nuevo.
Preferiblemente, claro, de la mano de un experto certificado.
Dormir es una competencia profesional
El último ejemplo llega desde el sector del fitness y la salud en EE. UU. El American Council on Exercise (ACE), una de las instituciones más influyentes del mundo en formación deportiva, se ha asociado con Nick Lambe, The Online Sleep Coach, para lanzar el Sleep and Recovery Coach Course.

Sí, has leído bien: coach del sueño y la recuperación.
Según Lambe,
“A medida que la recuperación se convierte en un factor diferenciador clave en la industria del coaching, los clientes buscan profesionales que comprendan tanto la ciencia de la recuperación como los principios del cambio de comportamiento”.
Dormir, al parecer, ya no es un acto biológico espontáneo, sino una habilidad que requiere metodología, acompañamiento y, por supuesto, formación acreditada.
Los datos globales ayudan a entender por qué este discurso cala tan bien:
- Casi el 50 % de los adultos declara tener problemas de sueño de forma habitual.
- El 80 % afirma dormir mal al menos una vez por semana.
- Aproximadamente un tercio utiliza ayudas para dormir con regularidad.
Visto así, el mensaje es claro: no sabemos dormir, o al menos no lo hacemos “correctamente”.
Y si no sabemos dormir, alguien tendrá que enseñarnos.
El sueño como producto (y como nicho de mercado)

El nuevo curso de ACE está diseñado para que profesionales de la salud, el ejercicio y el bienestar integren la ciencia del sueño y la recuperación en sus programas de coaching. El enfoque es conductual y basado en evidencia, y trabaja sobre:
- Evaluación de patrones y comportamientos de sueño
- Relación entre sueño, adaptación al entrenamiento, metabolismo, estrés y rendimiento mental
- Estrategias de cambio de hábitos para optimizar la recuperación
En palabras de Cedric Bryant, CEO de ACE:
“La recuperación es un componente fundamental para sostener un estilo de vida activo y el bienestar general. Este curso conecta la optimización del sueño con el coaching en cambio de comportamiento”.
Todo impecable. Todo científicamente razonable. Y, sin embargo, la pregunta sigue flotando en el aire.
¿De verdad estamos tan perdidos?
¿Hemos llegado a un punto en el que, como adultos funcionales, necesitamos que nos expliquen cómo dormir, igual que un bebé aprende rutinas?
¿O estamos asistiendo a una sofisticación extrema de lo básico, impulsada por un marketing brillante que convierte lo esencial —comer bien, descansar, recuperarse— en servicios premium?
Porque el patrón se repite:
- Ya no comemos: seguimos protocolos nutricionales.
- Ya no respiramos: hacemos breathwork guiado.
- Ya no descansamos: optimizamos la recuperación.
Todo lo que antes era intuitivo ahora parece defectuoso si no está medido, monitorizado, certificado y monetizado. A veces me pregunto si estamos viviendo en una ficción constante como figurantes de anuncios comerciales intermitentes y en vez de cobrar, nos cobran por actuar en el papel.
Humanos libres o figurantes de anuncios permanentes?
Sería ingenuo negar que vivimos peor de lo que creemos: estrés crónico, hiperestimulación, horarios artificiales, mala alimentación y desconexión de los ritmos naturales. En ese contexto, sí, muchas personas han olvidado cómo cuidarse.
Pero también conviene preguntarse si esta infantilización del adulto no responde, en parte, a una narrativa que nos convence de que no sabemos nada, para luego vendernos lo imprescindible: comer, dormir y descansar… bien empaquetado.
Tal vez no se trate de rechazar la ciencia ni la evidencia —que es necesaria—, sino de reconciliarnos con lo básico. Dormir cuando hay oscuridad. Comer alimentos reales. Descansar sin culpa. Recuperarnos sin convertir cada necesidad humana en un proyecto de optimización.
Porque si para estar sanos necesitamos un coach para todo, la pregunta no es solo cuánto dormimos, sino qué tipo de vida estamos llevando para haber olvidado algo tan elemental.
Y ahí, quizá, el problema no sea el sueño… sino el sistema que nos mantiene despiertos. De ese paso es inevitable que sea más conveniente adiestrar robots que humanos.
