Hay algo que en el sector financiero llevaría directamente a un tribunal, pero que en la industria del wellness hemos normalizado hasta hacerlo invisible: que la misma persona investigue, divulgue y venda un producto.
Lo hemos aceptado porque quien lo hace tiene un doctorado, habla con seguridad y comunica bien frente a una cámara. Pero eso no elimina el conflicto de interés. Solo lo hace más digerible.
Hace unas semanas lo vi con claridad en un caso concreto. Un divulgador científico con millones de seguidores publicó un vídeo criticando un estudio reciente sobre melatonina. El trabajo apuntaba a posibles efectos adversos a largo plazo. La crítica era, en lo técnico, correcta: diseño limitado, muestra pequeña, conclusiones prematuras.
Todo era razonable. Salvo por un detalle relevante que no se mencionó en ningún momento: ese divulgador es cofundador de una empresa que vende melatonina.
Ahí se hizo evidente que el problema no es anecdótico ni personal. Es estructural. Y está mucho más extendido de lo que solemos admitir en el ecosistema wellness.
Ciencia y negocio: un matrimonio antiguo, pero mal gestionado
La relación entre ciencia e intereses comerciales no es nueva. En la industria farmacéutica se estudia desde hace décadas. Los ensayos financiados por fabricantes tienden, con mayor frecuencia, a mostrar resultados favorables. No es una conspiración; son incentivos.
La diferencia es que en wellness hemos creado algo distinto. Más sutil. Y, en ciertos aspectos, más peligroso.
Científicos con credibilidad académica que se convierten en la cara pública de marcas que ellos mismos fundan. Divulgadores que educan sobre ingredientes por la mañana y los venden por la tarde. Profesionales que publican papers y contenido comercial desde el mismo perfil, sin una frontera clara entre análisis científico y estrategia de ventas.
El problema no es que los científicos emprendan. El problema es cuando una sola persona acumula todos los roles: investigador, divulgador, accionista y portavoz.
Tomemos de nuevo la melatonina como ejemplo. En los últimos meses han aparecido estudios con conclusiones dispares. Algunos sugieren beneficios adicionales; otros plantean interrogantes sobre el uso prolongado. La ciencia está haciendo lo que debe: debatir.
Ahora imaginemos dos escenarios. En el primero, un científico independiente analiza la evidencia, reconoce limitaciones y concluye que aún faltan datos sólidos. En el segundo, ese mismo análisis lo realiza un científico que además es accionista de una empresa que vende melatonina. Los estudios negativos “tienen fallos metodológicos graves”. Los positivos “son prometedores y bien diseñados”.
Ambos pueden estar siendo honestos. Pero en el segundo caso opera un sesgo cognitivo difícil de evitar, incluso de detectar por quien lo sufre. Su cerebro protege al mismo tiempo su reputación científica y su inversión financiera.
Y la audiencia, que confía en su criterio como científico, no siempre sabe que también está escuchando al empresario. No es un problema de mala fe. Es un problema de incentivos. Este conflicto no se limita a influencers o divulgadores mediáticos. También puede aparecer en contextos académicos serios.
Durante el desarrollo de una formulación junto a una institución científica de prestigio, el escenario fue ilustrativo. Investigación sólida, publicaciones relevantes, valores aparentemente alineados. Pero al llegar al momento de decidir ingredientes concretos, surgió una presión sutil: priorizar aquellos que formaban parte de su línea histórica de investigación.
Nunca fue explícito. Nadie impuso condiciones. Pero el incentivo estaba ahí. Eso llevó a una conclusión incómoda pero necesaria: incluso en entornos rigurosos, los incentivos existen. No es mala praxis. Es estructura.
Cómo identificar un conflicto de interés en wellness
Para cualquier persona que confíe su salud a recomendaciones científicas, hay algunas preguntas clave:
- ¿Quién financia los estudios que se citan?
La financiación no invalida un estudio, pero sí exige contraste independiente. - ¿Existe participación económica directa del divulgador?
No basta con “colaboraciones”. El equity, los royalties o la copropiedad importan. - ¿Cómo se tratan los estudios desfavorables?
Reconocer sus preguntas es distinto a descartarlos sin matices. - ¿Se admite la incertidumbre?
La nutrición y la suplementación están llenas de grises. Las certezas absolutas suelen ser una señal de marketing, no de ciencia. - ¿Quién compone el comité científico?
Cuando todos tienen productos propios y grandes audiencias, probablemente no se trata de un comité científico, sino de un consejo de marca.
¿Por qué necesitamos que el científico sea también el vendedor?
En farma, con todos sus problemas, existe una separación institucional clara entre investigación, regulación y comercialización. En wellness hemos normalizado que una sola persona concentre todos los roles y lo llamamos transparencia porque se comunica bien en redes.
Pero no es transparencia. Es un conflicto de interés bien presentado.
Esta reflexión no pretende señalar individuos concretos, sino poner sobre la mesa un problema estructural del sector wellness.
Comparto estas líneas desde el blog de la empresa de suplemento ALMA , cuya filosofía de trabajo está basada en la independencia científica, la separación clara de roles y la primacía de la evidencia sobre el interés comercial.