El verdadero desafío de la medicina regenerativa será lograr que las células inyectadas sobrevivan

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La medicina regenerativa lleva más de dos décadas intentando responder a una de las grandes preguntas de la biomedicina: cómo reparar un órgano cuando el daño ya se ha producido. Las terapias celulares han generado enormes expectativas, pero también numerosos fracasos clínicos. En muchos casos, las células madre administradas simplemente desaparecen antes de ejercer un efecto terapéutico.

El problema no siempre ha sido la calidad de las células, sino el entorno al que llegan.

Un tejido que ha sufrido un infarto, un ictus o un proceso degenerativo relacionado con el envejecimiento presenta un microambiente extremadamente hostil. La inflamación, la falta de oxígeno, la acidez y el estrés oxidativo dificultan la supervivencia celular. La mayoría de las células cultivadas en laboratorio no resisten estas condiciones y mueren poco después de ser administradas.

Precisamente sobre esta limitación se centra una nueva línea de investigación basada en las denominadas Muse Cells (Multilineage-differentiating Stress Enduring cells), una población muy específica de células madre identificada por la investigadora japonesa Mari Dezawa en la Universidad de Tohoku.

Seleccionadas por su capacidad de resistir

A diferencia de otras terapias celulares, estas células no fueron diseñadas mediante ingeniería genética. Su descubrimiento fue consecuencia de someter cultivos celulares a condiciones extremas de estrés: hipoxia, acidez y exposición prolongada a enzimas capaces de destruir la mayoría de las células.

Solo una pequeña fracción sobrevivió.

Esa resistencia parece ser una de sus principales ventajas. Diversos estudios indican que estas células activan mecanismos metabólicos que les permiten mantener la producción de energía incluso cuando el oxígeno es muy escaso, una situación habitual en tejidos lesionados.

Cómo encuentran el tejido dañado

Otra de las características que más interés está despertando es su capacidad para localizar de forma espontánea el lugar donde existe una lesión.

Las células dañadas liberan determinadas moléculas de señalización que funcionan como un sistema de alarma biológica. Las Muse Cells expresan receptores capaces de detectar estas señales y migrar hacia el tejido afectado tras su administración intravenosa.

Este fenómeno, conocido como homing, constituye uno de los principales retos de cualquier terapia celular. En muchos tratamientos experimentales, una parte importante de las células acaba retenida en órganos como el pulmón antes de alcanzar el tejido que necesita reparación.

Reparar en lugar de limitarse a modular la inflamación

La mayoría de las terapias celulares disponibles ejercen su efecto mediante la liberación de moléculas antiinflamatorias y factores de crecimiento. Estos mecanismos pueden reducir la inflamación y favorecer la recuperación del tejido, pero su acción suele ser transitoria.

Las Muse Cells parecen seguir un camino diferente.

Los estudios experimentales sugieren que, una vez alcanzan el tejido lesionado, son capaces de incorporar restos celulares procedentes del órgano dañado. Esa información actúa como una especie de guía biológica que orienta su diferenciación hacia el tipo celular que necesita ser reemplazado.

Si estos mecanismos continúan confirmándose en estudios clínicos, supondrían un cambio importante respecto a las estrategias regenerativas convencionales, basadas principalmente en efectos indirectos sobre el entorno inflamatorio.

Primeros resultados clínicos

Los ensayos clínicos publicados hasta la fecha ofrecen resultados prometedores, aunque todavía corresponden a fases iniciales.

En pacientes con infarto agudo de miocardio se han observado mejoras en la función ventricular tras una única administración intravenosa de Muse Cells alogénicas, sin necesidad de inmunosupresión.

También se han publicado datos de un ensayo aleatorizado en pacientes con ictus isquémico subagudo, donde una proporción significativamente mayor de los pacientes tratados recuperó un nivel elevado de independencia funcional al cabo de un año frente al grupo placebo.

Aunque estos resultados deben interpretarse con prudencia hasta disponer de estudios multicéntricos de mayor tamaño, representan una de las evidencias clínicas más sólidas publicadas hasta ahora dentro del campo de las terapias celulares regenerativas.

En opinión de Dominik Duscher, presidente y CEO de MuseCell Innovations, el principal cambio de paradigma consiste en trabajar con células “preparadas biológicamente para sobrevivir en el entorno hostil de un tejido lesionado”, en lugar de confiar únicamente en células cultivadas en condiciones óptimas de laboratorio. Según explica, esa capacidad de persistencia sería la que permitiría aspirar a una reparación estructural del tejido y no solo a un efecto antiinflamatorio transitorio.

Una nueva dirección para la medicina regenerativa

La investigación sobre Muse Cells plantea un cambio de enfoque interesante. Durante años, buena parte del esfuerzo se ha centrado en producir un mayor número de células madre o mejorar su expansión en laboratorio.

La cuestión quizá era otra: desarrollar células capaces de soportar el entorno biológico al que deben enfrentarse.

Si futuras investigaciones confirman su capacidad para sobrevivir, localizar de forma selectiva el tejido lesionado e integrarse funcionalmente en él, estas terapias podrían abrir una nueva etapa en la medicina regenerativa aplicada al envejecimiento, la enfermedad cardiovascular, la neurología y otras patologías degenerativas.

Para Duscher, la pregunta que ha guiado la investigación en los últimos años —cómo administrar un mayor número de células al tejido lesionado— quizá no era la correcta. La cuestión, sostiene, es identificar qué células son capaces de sobrevivir, localizar el daño e integrarse funcionalmente en él. Esa hipótesis es la que ahora deberán confirmar los próximos ensayos clínicos a gran escala.



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